Se acaba el 2010, ese año que, hace trescientos sesenta y pico de días, muchos creímos que iba a ser nuevo. Pero empieza el 2011 y otra vez la batería del optimismo se recarga.

Como todo cubano de la generación de los años 50, inauguré mi adolescencia con la ilusión de un país mejor. Los plazos para el cumplimiento de lo prometido se vencieron, se renovaron y se volvieron a vencer, una y otra vez. Llegué a la madurez sin arrepentimientos ni frustraciones, más bien con la inmensa alegría de haber despertado del estado hipnótico en que me sumió la maledicencia de los falsos profetas y mi perdonable inocencia. En lugar de convertirme en el tipo que “ya no cree en nada” me propuse colaborar con la colosal tarea de despertar a los que seguían prisioneros del conjuro. Para eso he tenido que creer en un par de cosas: el valor de la verdad y la inteligencia de los cubanos.

Suele citarse mucho una frase de José Martí que dice más o menos que “una idea justa desde el fondo de una cueva puede más que un ejército”. Sin ánimo de rectificar al apóstol, me atrevo a comentar que si esa idea justa se pone en internet seguramente se vuelve muy poderosa, aunque los presumibles destinatarios sean los que estén encerrados en la caverna de la desinformación y la falta de conectividad.

Sé que he abandonado un poco este espacio “Desde aquí” y quiero prometer a mis tres o cuatro lectores que en el año que ya comienza haré lo posible por tener al menos una presencia semanal. Si el diez de enero no hay nuevo post en este blog, será porque he incumplido mi promesa.

¡Que el 2011 sea el año que todos estamos esperando! ¡Que más cubanos hagamos lo que esté a nuestro alcance para que así sea!

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