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atributos

La terea de gobernar un país requiere de especiales circunstancias, lo que en términos muy  generales pudiera denominarse como los atributos del poder. Dichos atributos pudieran separarse en dos grupos: los reservados a la gestión gubernamental propiamente dicho, por ejemplo, auto con chofer, secretarias, despacho privado, guardaespaldas, medios de comunicación, etc. y los que se destinan a hacerle la vida más llevadera a la persona que ejerce el cargo.

Este último aspecto se soluciona en algunos países con la asignación de un salario elevado, mediante el cual, el funcionario en cuestión paga los bienes y servicios que le permitan no tener que preocuparse de otra cosa que no sean sus obligaciones públicas.
En Cuba, que es el único país que conozco bien, los salarios del presidente y los ministros posiblemente sean los más bajos de todo el mundo. Para que estos “abnegados compañeros” puedan dedicarse en cuerpo y alma a sus deberes, el estado les asigna algunas facilidades, entre ellas una vivienda confortable, personal para el trabajo doméstico, suministro paralelo de alimentos, vestuario, efectos electrodomésticos, atención médica especial y otros que varían según el nivel jerárquico.

Si estas personas tuvieran que pagar de su bolsillo estas prebendas que disfrutan, sus salarios ya no podrían ser  los más bajos en una escala internacional. La diferencia entre una y otra forma de retribuir a los funcionarios gubernamentales, con salario elevados o con privilegios, es que la primera es mensurable y públicamente cuestionable. En tanto que la segunda se maneja con la típica discreción de los secretos de estado.

En alguna gaveta sellada con cuños de seguridad se guardan hoy las obscenas especificaciones de estas sinecuras. Sueño con el día en que vean la luz pública y entonces podremos saber a quién le tocaba la bolsita con aceite, pollo y detergente y a quién el jamón serrano y los whiskys importados, a cuáles cargos o grados militares les correspondía una asignación de vitaminas y a cuáles una cuota de viagra.

No es que yo lo sepa, es que tengo derecho a imaginarlo. Basta ver la ferocidad con que defienden sus puestos, la ciega obediencia que muestran a sus jefes, el infinito desprecio que sienten a los que viven sólo de su trabajo y la inconsolable envidia que se les nota cuando ven a otro disfrutando de lo mismo que él porque lo alcanza con su talento.

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En los países normales, o como decimos comúnmente entre nosotros, “en los países”, la gente entra y sale a donde quiere y cuando lo desea, con las explicables  limitaciones referidas al precio de los pasajes y el otorgamiento de visa a la nación que se pretende visitar. Los cubanos, por el contrario, necesitamos pasar por la humillación de tener que pedirle una autorización al gobierno para cruzar hacia el exterior las definidas fronteras de la isla. Ese trámite se llama Permiso de Viaje y se expresa en un documento conocido como la tarjeta blanca.

Juan Juan Almeida fue durante mucho tiempo un favorecido porque gozaba en Cuba de un privilegio que en cualquier otro sitio es solamente un derecho: viajar por el mundo. Durante mucho tiempo ese asunto del permiso de salida era para él una diligencia a la que no se le prestaba atención, algo así como tener que pesar el equipaje en el aeropuerto. Cualquier análisis superficial que se hiciera de su excepcional situación terminaba concluyendo que ésta y otras prebendas que entonces disfrutaba, obedecían a que era el hijo de Juan Almeida Bosque un selecto miembro de la más alta aristocracia revolucionaria cubana, recientemente fallecido.

J.J. cayó en desgracia y un buen día le hicieron saber que ahora su nombre estaba en otra lista, en la de los excluidos. Por esa razón ahora no le permiten asistir a una consulta médica a un hospital de Europa, donde, según él mismo explica, tiene la oportunidad de tratarse una enfermedad que no encuentra solución en su país. Escribió un libro, respondió entrevistas, redactó cartas y el pasado viernes 27 de noviembre salió por segunda vez a la calle con un cartel donde, se dice,  pedía la renuncia del presidente de la República.

Por esos días, cincuenta y tres años antes, su padre navegaba en el yate Granma junto a Fidel y Raúl Castro para dar inicio a la lucha guerrillera en las montañas de la Sierra Maestra. Aquellos 82 hombres, en su mayoría jóvenes idealistas, pretendían dar por terminada la segunda dictadura de nuestra breve historia republicana. La libertad era entonces una palabra que se pronunciaba con respeto, con devota unción.

J.J. estuvo detenido cuatro días en los cuarteles de la Seguridad del Estado. Si hubiera permanecido allí hasta el cinco de diciembre sus captores se habrían sentido profundamente incómodos, porque ese día en medio del primer combate contra las tropas de la tiranía el guerrillero Juan Almeida logró que su voz entrara en la historia de Cuba. Para apagar el pánico de los que recibían el bautismo de fuego gritó: ¡Aquí no se rinde nadie, cojones!

Por aquello de los genes, o porque él es así, o porque simplemente así debiera ser siempre, Juan Juan tampoco se quiere rendir, no ya para reclamar los privilegios perdidos, sino para exigir su derecho, que es también de todos nosotros.

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Reinaldo Escobar


Reinaldo Escobar (1947)
Periodista, nació y vive en Cuba. Se licenció en Periodismo en la Universidad de La Habana (1971) y trabajó para diferentes publicaciones cubanas. Desde 1989 ejerce como Periodista Independiente y sus articulos se pueden encontrar en diferentes publicaciones europeas y en el Portal desde Cuba.

reinaldoescobar@gmail.com

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