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Por falta de tener el Diario de Colón en mi menguada biblioteca personal, me he visto imposibilitado de comprobarlo, pero lo creo. Dicen que el Gran Almirante, luego de haber tenido la ocasión de conocer a los aborígenes que poblaban la isla, se preguntó: “¿De qué se ríen estos indios?”
Desconocedores del hecho de que la risa, la alegría consustancial, nos es tan endémica como las jutías y las auras, algunos observadores superficiales de la realidad cubana sostienen que en Cuba todo marcha bien y que la prueba irrefutable es que la gente ríe. Esas personas olvidan que en la noche del sábado 25 de julio de 1953 cuando un centenar de jóvenes idealistas se disponían a morir en aquel disparate que fue asaltar el cuartel Moncada en Santiago de Cuba, el resto de los santiagueros reían y gozaban detrás de la música de una conga y se embriagaban con las cervezas y el ron que podían pagar con su salario.

Durante los 14 años que trabajé en la revista Cuba Internacional (1973-1987) fueron muchas las veces que presencié cómo se hacían las fotos y sobre todo cómo se escogían las que serían publicadas, en particular las fotos de la portada. Los mejores fotógrafos de la época captaban esas imágenes (Iván Cañas, Ernesto Fernández, Figueroa, Pablo Fernández, Cristóbal Pascual y otros) Eran tan buenos en elegir un buen encuadre como en hacer sonreír a sus retratados, a veces yo mismo colaboraba haciendo monerías detrás del fotógrafo.

No es que quisiéramos mentir, de lo que se trataba era de que si aquellos estudiantes de una recién inaugurada escuela en el campo, o aquellos recios macheteros que acababan de cortar su tercer millón de arrobas de caña, o aquellos insomnes soldados que custodiaban el cielo de la patria no sonreían, nos parecía que la escena no estaba completa, que no ocurría en Cuba. Y era tan fácil hacerlos reír y tan natural para ellos complacernos que con el tiempo fuimos configurando el perfil de un país en el que la risa aparecía como un patrimonio de los nuevos tiempos, como un resultado de la revolución. Asumo la parte de la responsabilidad que me corresponde. Yo les hacía gracias, pero eran ellos los que reían.

Lo que no saben los apologistas venidos de otras latitudes es que también nos reímos de ellos, de su imperturbable ingenuidad. Un ómnibus en La Habana donde la gente hace chistes, se cuenta la vida y se toca lascivamente no es el metro de Berlín donde los pasajeros ni se miran y cada cual compite en parecer más hosco.

¡Oye, yuma, tírame una foto y regálame un fula, que tú verás cómo me río!

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El ex presidente Fidel Castro acaba de publicar un prólogo al libro Fidel, Bolivia y algo más en el que descalifica el blog Generación Y que hace en Internet mi esposa, la blogera Yoani Sánchez. Desde el primer día ella ha puesto su nombre y apellido (que él omite) con su foto a la vista de los lectores para rubricar los textos que escribe con el único propósito, repetidas veces confesado, de vomitar todo lo que le produce náuseas de nuestra realidad.

El ex presidente desaprueba que Yoani haya aceptado el premio Ortega y Gasset de periodismo digital del presente año, argumentando que esto es algo que propicia el imperialismo para mover las aguas de su molino. Reconozco el derecho que tiene este señor a hacer ese comentario, pero me permito hacer la observación de que la responsabilidad que implica recibir un premio nunca será comparable a la de otorgarlo, y Yoani, al menos, nunca ha colocado en el pecho de ningún corrupto, traidor, dictador o asesino alguna condecoración.

Hago esta aclaración porque recuerdo perfectamente que fue el autor de estos reproches quien puso (u ordenó poner) la Orden José Martí en las más nefastas e inmerecidas solapas que le fue posible: Leonid Ilich Brezhnev, Nicolae Ceausescu, Todor Yivkov, Gustav Husak, Janos Kadar, Mengistu Haile Mariam, Robert Mugabe, Heng Samrin, Erich Honecker, y otros que he olvidado. Me gustaría leer, a la luz de estos tiempos, una reflexión que justifique aquellos honores improcedentes que, para mover agua de otros molinos, enlodaron el nombre de nuestro apóstol.

Es cierto que el nombre del filósofo Ortega y Gasset puede relacionarse con ideas elitistas y hasta reaccionarias, pero al menos, a diferencia de los condecorados por el prologuista, nunca lanzó los tanques contra sus vecinos inconformes, ni construyó palacios, ni encarceló a ninguno de los que pensaban diferente a él, ni dejó en la estacada a sus seguidores, ni amasó fortunas con la miseria de su pueblo, ni construyó campos de exterminio, ni dio la orden de disparar a quienes -para escapar- saltaran el muro de su patio.

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Resulta difícil ver en Cuba a un niño descalzo, a menos que juegue en la playa o en otro sitio donde sus zapatos le esperan.

Los turistas extranjeros (los nacionales lo comprenden todo) que han viajado por esas naciones empobrecidas del tercer mundo (los nacionales no lo pueden hacer) se sorprenden y te lo dicen en la cara, como un reproche a tus protestas y a tus críticas: “Aquí no he visto ni un niño descalzo”. A veces el complaciente guía de excursiones politizadas se encarga de que lo noten. “A que nadie en este grupo ha visto un niño descalzo ¿eh? “ y sonríe satisfecho como si él mismo, en su condición de último eslabón de la cadena, fuera también el causante del milagro.

Nadie descalzo, pero ¿gracias al sistema o a pesar del sistema?
Desde finales de 1991 cuando se extinguió para siempre el sistema de racionamiento subvencionado para el calzado, la ropa y el resto de los llamados “productos industriales”, no ha sido posible comprar un par de zapatos a un precio menor al equivalente de, al menos, dos semanas de trabajo. No se olvide nadie que un salario alto de 500 pesos moneda nacional equivale a 20 pesos convertibles CUC y que es difícil encontrar en las tiendas un par de zapatos por menos de 10 CUC. ¿Cómo se las arregla el que gana 300 pesos y tiene dos hijos adolescentes?

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Cuando ya se acaban los pretextos, la última respuesta que frecuentemente se da para justificar cualquier medida represiva es: “no podemos desarmarnos frente al enemigo”. Como el camarón que es llevado por la corriente por haberse dormido, las revoluciones que se desarman se desarman, es decir, se desmoronan. Esto es una consecuencia directa de la forma en que los revolucionarios se adueñan del poder. Lo que con violencia se conquista necesita de la violencia para mantenerse.

¿Por qué no se puede permitir que cualquiera publique libremente su opinión? ¿Por qué los cubanos no pueden agruparse en partidos, sindicatos u organizaciones independientes de la sociedad civil? ¿Por qué resulta tan complicado permitir el libre movimiento dentro y fuera del país?
Estas preguntas tienen una sola respuesta: Porque eso sería desarmarse.
Pero la realidad puede ser mucho más compleja. Todos hemos visto esa escena tan repetida en las películas de tema gansteril: El malo apunta a la cabeza de la novia del bueno y le exige que suelte la pistola. El bueno coloca su arma en el piso y el malo aprovecha y le dispara. Moraleja: No puedes desarmarte frente al malo.

La pregunta es quién es el malo y quién es el bueno en esta película. ¿Quién está apuntando a la cabeza de la novia?

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Reinaldo Escobar


Reinaldo Escobar (1947)
Periodista, nació y vive en Cuba. Se licenció en Periodismo en la Universidad de La Habana (1971) y trabajó para diferentes publicaciones cubanas. Desde 1989 ejerce como Periodista Independiente y sus articulos se pueden encontrar en diferentes publicaciones europeas y en el Portal desde Cuba.

reinaldoescobar@gmail.com

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