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Tengo un colega en mi centro de trabajo llamado Julio que dice que si él fuera el jefe de Cuba impondría un sistema mezcla de socialismo y capitalismo. Dice Julio (que es una buena persona y un excelente trabajador), que si a él lo dejan, retendría para el estado las cosas de mayor envergadura: la generación de electricidad, el transporte público, local e interprovincial, las minas y la producción de azúcar y dejaría en manos privadas todo lo que tiene que ver con el servicio y los pequeños negocios. Asegura que no le importaría que alguna gente se hiciera rica y que no le molestaría que cada cual se defendiera a su manera, incluyendo la prostitución

Le pregunté a Julio si en su Utopía sería posible que la gente pudiera decir lo que pensaba y me dijo que sí. También si permitiría la existencia de otros partidos y luego de dudar un poco me dijo que sí, pero que su partido tendría preponderancia sobre los demás, y que nadie podría cambiar el sistema.

_Entonces ¿estarías proclamando el monopolio de la verdad?
_ Bueno –dijo- lo que pasa es que eso es lo que le conviene al pueblo.
_Y si el pueblo no se da cuenta de que eso es lo que le conviene, ¿se lo impondrías de
todas maneras?
_ Claro, porque eso es lo que le conviene al pueblo, aunque no lo sepa.
_ ¿Y si eres tú el que estás equivocado Julio?
_ Bueno, si es así, que se joda el pueblo.

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Una verdad de Perogrullo sería que antes de hacer los cambios tiene que modificarse otra cosa, y eso sería la mentalidad de quienes tienen en sus manos los timones de nuestra sociedad. De ser muy difícil transformar dicha mentalidad habría que sustituir a los timoneles. Es sabido que hemos tenido los mismos timoneles desde 1959, aunque han cambiado algunos contramaestres, oficiales de a bordo y sobre todo los marineros y grumetes. Hablo metafóricamente de esa gran nave que es nuestra sociedad, no de balsas al pairo en el Estrecho de la Florida, donde van los impacientes que no han querido esperar.

En mi humildísima opinión –y no quiero echar para adelante a nadie en este comentario- los actores principales de cualquier cambio, ya merodean el camarote del capitán, atisban por las rendijas y escuchan a través de las paredes. Nunca votaría por ninguno de ellos en unas elecciones limpias y multipartidistas, pero son mis candidatos para ejecutar el primer paso de forma incruenta y sosegada, o para citarme a mí mismo: lenta pero profundamente.

Los opositores conocidos tendrán que esperar a que los que hoy están en la barriga del caballo de Troya les abran las puertas de la fortaleza, pero quizás se encuentren con la sorpresa de que otros le lleven la delantera. ¿Quién es el Boris Yeltsin de la Cuba de hoy?
¿En cuál provincia ocupa el cargo de primer secretario del Partido? Nadie lo sabe, solo espero que beba menos y que tenga más suerte.

La palabra cambio, en su sentido de modificación, no de trueque, aparece cada vez con más frecuencia en nuestras discusiones. Hay personas que están deseando el cambio, otros, se conforman con que se produzcan algunos cambios, quedan todavía quienes no quieren cambiar nada. Para unos y para otros dejó aquí esta disquisición.

Todo cambio va en una dirección y se produce con determinada profundidad y a cierta velocidad.

La dirección: En Cuba, siglo xxi, la única dirección en que se me ocurre que pudiera haber cambios es: en lo económico, hacia el mercado; en lo político, hacia la democracia. En la dirección contraria, en cualquiera de los dos aspectos, apenas hay espacio a donde desplazarse.

La profundidad: En ambos senderos, el económico y el político, se pueden dar tímidos pasos (socialismo del siglo xxi, modelos chino o vietnamita) o llegar tan lejos como el neoliberalismo duro o el capitalismo salvaje.

La velocidad: Todo puede ocurrir en 48 horas, o demorarse 20 años. Demasiado rápido sería traumático, demasiado lento sería desalentador.

Asumiendo que se acepta el tema de la discusión: “los cambios son necesarios”, y que puede haber un amplio consenso en lo que concierne a la dirección de los mismos, la polémica debe centrarse en la profundidad y en la velocidad.

Superficial y lento no vale la pena; rápido y profundo, parece una locura
Superficial y rápido resultaría a la larga insuficiente. Lento, pero profundo parece atractivo, siempre y cuando no sea demasiado de lo uno ni de lo otro. Sólo queda sustantivar los cambios, trazar la ruta y hacer el cronograma.

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En uno de sus Epigramas publicados en 1983 el poeta Raúl Rivero decía:

Tenía razón Norberto Fuentes:
tú estabas dispuesta a luchar por este amor
hasta la última gota de mi sangre.

Muchas veces he vuelto a esos versos aparecidos en el volumen Poesía Pública y siempre termino sospechando que se burlan del lenguaje político de este último medio siglo.

No se conmemora ningún “aniversario cerrado” del natalicio del poeta, que cumple 62 este año, ni de la aparición del libro, que cumplió 24 en mayo, lo que pasó fue que le mostré otro poema a mi hijo, que está perdidamente enamorado, (Sobre los imposibles) y el epigrama se encontraba al dorso.

Que se sepa: No estoy dispuesto a morir por ninguna de las ideas que defiendo, otra cosa es que haya alguien dispuesto a maltratarme físicamente porque las diga. Todos aquellos adversarios que estén declarando ahora mismo que están preparándose para la muerte antes que renunciar a sus postulados sepan, que si de mí depende, tendrán que esperar por el infarto. Gracias, Raúl (¡Rivero!).

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Creo que fue en 1961, días antes que nacionalizaran las escuelas privadas, cuando mi amigo Felipe me contó que sus padres lo sacarían de Cuba porque se avecinaba el comunismo y que esa era la peor desgracia que podría ocurrirle al país. Explicó que en ese sistema los niños dejaban de ser hijos de sus padres, que la tierra dejaría de dar frutos, que las vacas (la conversación ocurrió en Camagüey) no darían más leche y que hasta el cepillo de dientes sería colectivo. “Si te quedas aquí, me dijo muy serio, te mandarán a Rusia para lavarte el cerebro, pero de todas formas –advirtió- algún día te vas a dar cuenta de que todo esto es un desastre”.

Dos meses después me fui con mi padre a la campaña de alfabetización, donde logré enseñarle algo a seis campesinos, aprendí a nadar en un río, a montar a caballo y a ordeñar. A mi regreso, ya Felipe no estaba y durante años estuve riéndome de sus premoniciones.

Ya en julio de 1962, cuando cumplí 15 años, inscribí mi nombre en la primera edición de la libreta de racionamiento. Fue para mí, como firmar en el libro de los que estaban dispuestos a apretarse el cinturón con el propósito de acelerar la llegada del futuro.
15 años más tarde, agosto de 1977, nació mi hija, a la que también inscribí en la OFICODA* fue cuando me di cuenta de que el futuro se acercaba lentamente. 30 años más tarde (septiembre de 2007) vino al mundo mi primera nieta. Al leer su nombre en la libreta de racionamiento me acordé de mi amigo Felipe, de la poca razón que tenían sus pueriles argumentos y de la certidumbre de sus advertencias.

OFICODA: Oficina de Control de Distribución de Alimentos. Controla todo el funcionamiento del sistema del mercado racionado.

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Reinaldo Escobar


Reinaldo Escobar (1947)
Periodista, nació y vive en Cuba. Se licenció en Periodismo en la Universidad de La Habana (1971) y trabajó para diferentes publicaciones cubanas. Desde 1989 ejerce como Periodista Independiente y sus articulos se pueden encontrar en diferentes publicaciones europeas y en el Portal desde Cuba.

reinaldoescobar@gmail.com

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