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Yo también hubiera preferido que fuera un Concierto por la Libertad, por aquello de las prioridades, pero si la paz fue entendida como sinónimo de reconciliación entre la familia cubana, entonces estoy de acuerdo con Juanes en el nombre escogido para su presentación en La Habana.

Reconciliación no sólo entre las polaridades más visibles: víctimas y victimarios de uno y otro grupo, sino también entre los que dejaron de hablarse por discrepancias políticas, entre quienes fueron carcomidos por la sospecha de que el otro era de la CIA o del G-2, vendido oportunista o mercenario sin conciencia. Será difícil, pero imprescindible, porque si los cimientos no son fundidos con el material que la paz y la reconciliación proporcionan, la libertad terminará siendo un perro rabioso que nos morderá a todos.

Ya tuvimos un 1959 que se llamó “El año de la liberación” con aquellos tribunales revolucionarios dictando sentencias de muerte que se ejecutaban inmediatamente. Me recuerdo a mí mismo con apenas doce años gritando “¡paredón, paredón, paredón!”. Sí, ya sé que no era mi culpa, pero tardé demasiado tiempo en horrorizarme.

La plaza estaba llena, no sólo de personas, sino de modos de pensar, de tendencias y credos. Nadie puede dividir en dos bandos a toda una nación. A ver, usted que me está leyendo, ¿en cuál saco quiere que lo echen?, ¿donde van los que hicieron explotar un avión en pleno vuelo en el que viajaba nuestro equipo de esgrima, o en el que están los que hundieron el remolcador 13 de marzo, cargado de inocentes? ¿En el saco de los que ahorcaron al alfabetizador Manuel Ascunce o en el de los que ordenaron derribar dos avionetas desarmadas? La gente que vi en la plaza el pasado domingo no cabía en ninguno. Los jóvenes que acompañaban las canciones tenían sus ojos puestos en el futuro, no digo que fuera un coro de ángeles, pero no seré yo quien los satanice como “cómplices de la dictadura”.

Que los cubanos seamos una sola familia es un hermoso y necesario propósito, gústele a quien le guste y pésele a quien le pese.

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En lo que pudiera definirse como “tirarse de la guagua andando” el conocido artista de televisión, cine y teatro, Armando Tomey ha hecho circular (vía correo electrónico) una carta abierta, donde empieza con las típicas quejas de una asamblea sindical en un centro de trabajo, para terminar con lo que a muchos nos gustaría que fuera un discurso en el parlamento.

Por muy fuertes que parezcan sus críticas hay que reconocer que mi comprovinciano (somos camagüeyanos) es un hombre moderado y eso es lo mejor que tiene su carta abierta, que no pretende provocar un incendio, ni “ponerse del lado del enemigo”. Dice su verdad, la que proviene de sus experiencias y de sus emociones y que se corresponde en muchas aristas a la verdad que cada día sufrimos todos los cubanos.

Pudiera citar aquí tantos párrafos que prefiero que cada cual la lea completa, pero no puedo resistirme a transcribir aquí la parte que más me gustó, donde dice:

Para comenzar hay que reconocer, ¿En que nos equivocamos todos estos años?, y sobre todo darle participación ¡a todos!

Me apunto en ese comienzo que propone este artista.

Aquí copio el documento, tal y como lo recibí de un amigo:

Hoy, a las 18 horas de La Habana, se realizará el anuncio público de los blogs premiados en el concurso Una Isla Virtual.
A partir de esa hora, esta pantalla reproducirá los mensajes enviados al sitio del concurso en Twitter: http://twitter.com/unaislavirtual, anunciando los nombres de los blogs premiados. Esta será la primera vez que desde Cuba se narrará un suceso en vivo a través de Twitter. ¡Esperamos que funcione!

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Cuando una obra literaria nos hace reír, nos conmueve, nos provoca, nos hace revelaciones y nos ata de principio a fin, merece pasar a la categoría de lectura recomendable. Memorias de un guerrillero cubano desconocido, escrito por Juan Juan Almeida y publicado por la editorial española Espuela de Plata, pertenece a ese grupo de libros que uno se enorgullece de regalar a los amigos.

Su autor no pretende trazar un parte aguas en la literatura ni jugar con el tiempo o las personas gramaticales. Por momentos, nos parece que estamos en presencia de una de esas guías para turistas que describen las maravillas que uno debe visitar, o que uno es un intruso leyendo las memorias de alguien que sólo estaba desahogándose; por momentos, parece el informe redactado por un delator, la carta de un suicida, las confidencias de un criminal que se confiesa.

Esta novela o “folletín”, como ya le llaman sus detractores, no pertenece al género policíaco aunque sus páginas están llenas de policías y ladrones; el crimen narrado es el que se ha cometido contra la inocencia de un pueblo. La víctima sonríe y goza y el culpable, que ya se menciona desde la segunda línea de la primera página, resulta ser el héroe de la tragedia.

Desde que leí La vida inútil de Pito Pérez (1938) del mexicano José Rubén Romero, no me enfrentaba a un autor tan descarnado o mejor, tan desvergonzado como este hedonista vividor de Juan Juan, al que no le da ninguna pena contarnos sus fechorías, miserias, debilidades y recónditas perversiones y que además tiene el infinito descaro de divertirse invitándonos a ser su cómplice, justo en los instantes en que nos disponíamos a ser su verdugo.

Muchos títulos podría tener este libro: “La historia me envidiará”, “Don Juan en el Gulag” o “Todo era mentira”, pero el elegido es perfecto, ya sabrán por qué.

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Reinaldo Escobar


Reinaldo Escobar (1947)
Periodista, nació y vive en Cuba. Se licenció en Periodismo en la Universidad de La Habana (1971) y trabajó para diferentes publicaciones cubanas. Desde 1989 ejerce como Periodista Independiente y sus articulos se pueden encontrar en diferentes publicaciones europeas y en el Portal desde Cuba.

reinaldoescobar@gmail.com

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