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¿Se acuerdan de aquella posada conocida como “las casitas de Ayestarán”? Por las causas que todos conocemos se convirtió un día en albergue para gente sin vivienda y por esas mismas causas que no vamos a repetir aquí, se vino abajo la construcción. Desde mediados o finales de 2006 se proyectó construir allí un grupo de casas. Se puso el plazo de 30 de noviembre de 2007. Ese mismo día, hace ya un año, hice unas fotos, una de ellas con el cartel en primer plano. Ahora, pasado un año más, vuelvo a retratar el sitio y ya no está el compromiso a la vista. Por las causas que todos conocemos aun la obra está inconclusa.

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Cuando alguien pretende contar la historia de Cuba de la forma más breve posible, puede acudir a una periodización de carácter general que se reduciría a lo siguiente:

Seis mil años (aproximadamente), en los que la isla fue habitada por aborígenes; 388 años bajo el sistema colonial español; 4 años de gobierno interventor norteamericano; 56 años como República y 50 años de revolución.

Claro que en 35 palabras, que se dicen en unos 15 segundos, es casi irrespetuoso contar la historia de un país. Pero disgústele a quien le disguste eso es una periodización de extrema generalización. En la terminal de Ómnibus de La Habana, por ejemplo, hay un mural que pretende contarlo todo en 14 metros. Su principal defecto es que omite a los aborígenes, sustituyéndolos por una mata de yuca y otra de tabaco. El rostro de Fidel Castro está dos veces y es la única persona viva allí representada.

Quiero lanzar a los historiadores especializados en Cuba contemporánea la siguiente provocación: Hacer la periodización de los últimos 50 años. Yo lo intenté, pero renuncié a la tarea cuando tropecé con la terrible dificultad de ponerle límite a cada etapa y después nombre a los períodos. Supongamos que bauticemos a los primeros años (enero del 59 hasta abril del 61) como el momento de las primeras transformaciones revolucionarias (Reforma Agraria, Reforma Urbana, nacionalizaciones de la propiedad, campaña de alfabetización, etc.) Luego, vendría una parte que comenzaría con la declaración del carácter socialista y cada vaivén hacia el maoísmo, el eurocomunismo, la sovietización o la búsqueda de una identidad aparte, tendría que ser tratado por separado. Otra, el tiempo en que se hablaba de la construcción simultánea del socialismo y el comunismo. Una etapa clara es la “definitiva” inserción del país en el contexto del campo socialista, cuyo clímax fue apuntarnos en el CAME, otra el comienzo del período especial y finalmente la situación actual, que no se parece a nada de lo anterior.

Repito que renuncié a la realización de este dificilísimo trabajo, pero advierto que no renuncio a criticar a quien lo haga. Así que aquí dejo abierta la invitación que se resume en esta pregunta:

¿Cuáles serían los límites y la forma adecuada de denominar los subperíodos históricos de los últimos 50 años de la historia de Cuba?

Las respuestas más interesantes serán publicadas en el espacio Con todos de este portal desdecuba.com, siempre que el autor lo autorice.

Una de las fantasías recurrentes de la gente muy ocupada es que existiera un mercado donde uno pudiera comprar un poco de tiempo. Llegar a un quiosco y decirle  a alguien “oye socio, tú que no tienes nada que hacer, ¿Por qué no me vendes un par de horas? “ Allí irían los más viejos con muchísimo dinero a comprarles a los más jóvenes algunos años. Habría una fila aparte para los condenados a muerte por la justicia, otra muy larga  para los desahuciados por los médicos y un departamento, custodiado por muchos guardaespaldas, con una oferta especial de tiempo a los políticos que hayan incumplido sus promesas.

Yo, que tengo buena memoria para esas cosas, recuerdo que me prometieron un futuro luminoso. Me aseguraron, en medio de una plaza que compartí con casi un millón de personas, que la riqueza sería obtenida por medio de la conciencia y que no habría fuerza en el mundo capaz de impedir ese propósito. Es verdad que no me precisaron una fecha, tengo que admitirlo, pero también es cierto que nadie desmintió a los cronistas del triunfalismo, a los poetas de la utopía que cantaban al deslumbrante porvenir. “Somos un pueblo que conoce el nombre del futuro” decían los juglares; negábamos la sal y el pan a los incrédulos y apostamos nuestra juventud, el dorado tiempo de nuestra juventud, a una quimera sin sentido.

Ahora, que nosotros hemos perdido la esperanza y la paciencia, el tiempo se ha puesto carísimo y ellos han dilapidado todo el capital con el que podrían comprarlo.

Es harto conocida la anécdota, casi la leyenda, de una familia que luego de haber estado varios días remando en el estrecho de la Florida, al arribar a la costa dieron emocionados gritos por la libertad y contra la dictadura; pero no habían llegado a Miami, sino a Varadero.

Está el caso de Colón que navegó angustiosos meses con la obsesión de desembarcar en la India para acabar descubriendo el nuevo mundo, y muchos ejemplos más, gente que sale de su casa para su boda y termina encontrándose con la muerte, que compra ropa de niña y les nace un varón, que lo invierten todo para que el hijo sea boxeador, pero el muchacho les sale bailarín de ballet ¡excelente bailarín!

En sus penúltimas reflexiones del 14 de noviembre*, el ex presidente cubano Fidel Castro, refiriéndose a algunos gobiernos que declaran que apoyan a Cuba para facilitar la transición, lamenta que, “después de las vidas ofrendadas y tanto sacrificio defendiendo la soberanía y la justicia, no se le puede ofrecer a Cuba en la otra orilla el capitalismo.”

La metáfora de “la otra orilla” implica en este caso una alusión a ese sitio que se encuentra al final de un camino. Eso me lleva a recordar las vidas ofrendadas y el enorme sacrificio de todos los que lucharon por derrocar la dictadura de Batista. Después de anhelar durante tanto tiempo las libertades políticas y el pleno disfrute de los derechos ciudadanos, no se le podía ofrecer a Cuba en “la otra orilla” una nueva dictadura.

Desde el punto de vista del autor de la mencionada reflexión la soberanía y la justicia son patrimonio exclusivo del socialismo; tal vez hable de nuestra propia soberanía, la de los años en que Cuba estaba en el CAME y algunos ministros cubanos tenían un alter ego de la GOSPLAN soviética con el que debían ventilar las más importantes decisiones; hablará supongo de nuestra propia justicia, atestada de juicios sumarísimos, de procesos contra la peligrosidad pre delictiva, de condenas basadas más en la presunción que en la evidencia.

Debería ser el pueblo cubano el que tuviera la oportunidad de decidir en cuál sistema desea vivir en el futuro: el socialismo, el capitalismo u otro que pudiéramos inventar, pero lamentablemente hay una clausula en la Constitución de la República que niega la posibilidad de escoger, pues solo se reconoce el derecho a aceptar el socialismo. Eso fue, no lo que nos ofrecieron, sino lo que nos impusieron, en esta orilla al final del camino.

*Reflexiones del compañero Fidel: La reunión de Washington.
/Granma/ 15 de noviembre de 2008 pag. 2

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No me gustan las efemérides, pero me fascinan las casualidades y fue así que en la medianoche del viernes, cuando ya casi era 15 de noviembre, un libro se cayó del estante, abierto en la página 14, donde se leía la misma fecha del día que estaba empezando, pero del año 1968, “Año del Guerrillero Heroico”.

El dato temporal cerraba la declaración de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba que condenaba por contrarios a la ideología de la Revolución a dos libros que ese año habían ganado el premio en el concurso literario de la UNEAC: La pieza teatral Los siete contra Tebas de Antón Arrufat y el poemario Fuera del Juego, de Heberto  Padilla.

En aquella época, yo estudiaba periodismo en la Universidad de La Habana y tengo aun frescos los recuerdos de las discusiones. La historia es harto conocida y este no es el espacio para recrearla, solo quería compartir con los lectores la impresión que me causó ver el destartalado volumen de Fuera del Juego cayendo, casi sobre mis pies, para recordarme que debo decir la verdad, al menos mi verdad aunque me rompan la página querida o me tumben a pedradas la puerta.

In a full-page ad in The New York Times on Monday,
the American Civil Liberties Union urged Obama to close
Guantanamo Bay on his first day in office, with the stroke of a pen.”
CNN

En buen español decimos “de un plumazo” para significar la rapidez con que se toma una decisión que debe ser avalada por una firma. Cuando traducimos al inglés, la frase sería “with the stroke of a pen” y si regresamos de forma esquemática y literal al castellano nos quedamos con el título de este post “con el golpe de una pluma” que es la vía por la cual la Unión Americana de Libertades Civiles exige que el próximo presidente norteamericano cierre para siempre la infame prisión que ese país tiene en la base militar ubicada en la bahía de Guantánamo.

Mis escrúpulos antitotalitarios, alimentados por el comprensible prejuicio que padece una persona después de sufrir una dictadura de medio siglo, me disparan las alarmas ante esta petición. Me asusta que alguien tenga tanto poder, incluso para hacer el bien. No saben ustedes los plumazos que hemos tenido en estas latitudes y más aún, telefonazos y hasta tribunazos. Con el gesto de una mano, sacada por la ventanilla de un jeep soviético de cuatro puertas, se han demolido cultivos, se han destituido ministros y embajadores, se ha ordenado la construcción de una represa, la cancelación de un evento, el inicio de una guerra, el envío de médicos a otros países, la censura de un libro, la apertura de muchas prisiones… más lo que no sabemos.

Pero a veces el tiempo apremia y uno tiene que dejar atrás ciertos prejuicios. Las instalaciones carcelarias deberían estar bajo la permanente observación de los órganos competentes de justicia y no fuera de las fronteras, exentas de control. El cierre de esta prisión es exigido por quienes ven afectado el prestigio de los Estados Unidos y por los que se preocupan sinceramente por cualquier atropello que se cometa, con independencia de quien sea el atropellado y, desde luego,  por nosotros también, que somos los verdaderos dueños de la isla, de toda la isla.

Cuando Obama tenga la pluma en su mano (ni siquiera tiene que ser el primer día en la oficina oval), bien sea para liberar a su país de la pesada carga de esta ignominia o para hacerle justicia a quienes le hayan sido vulnerados sus derechos, que alguien le muestre el mapa donde aparece Guantánamo y de paso le comente que los ciudadanos norteamericanos no pueden visitar el resto de la isla, que no solo es la parte más bonita, sino la más interesante; que alguien le explique que sobre ese largo caimán en medio del mar Caribe, hay millones de personas (decenas de miles si se quiere ser moderado) que respiraron aliviados al conocer que él era el elegido, gente que cree firmemente que él tiene una oportunidad única y posiblemente irrepetible, no de asestar un plumazo para resolver nuestros problemas, sino de, con la caricia que es capaz una pluma, enviar un mensaje; hacer, aunque sea, un gesto con la mano.

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Una de las demandas más imperiosas que reclaman quienes tienen algo que expresar es la de contar con un espacio desde donde difundir lo que tienen que decir a los demás. Ese espacio puede circunscribirse a una tribuna, un  escenario, una galería, una página o un tiempo frente a las cámaras de la televisión o los micrófonos de la radio.

¡Ah, si yo tuviera un espacio!

Pero suele ocurrir que cuando ese espacio se obtiene, se logra bajo la condición de no decir precisamente aquello que queríamos expresar. Entonces empieza a funcionar un mecanismo que nos impulsa a cuidar el espacio alcanzado, a no arriesgarlo para no perderlo. Incluso a cuidarlo para que no caiga en peores manos.

Está claro que lo primero es ganar el espacio. Conozco un grupo de música rock que nunca encuentra un teatro donde presentarse porque desde el principio advierten la eventualidad de que en un momento se les puede ocurrir bajarse los pantalones frente al público o decir palabrotas ante el micrófono. También está claro que nadie que esté cuidando su puesto de trabajo asumirá la responsabilidad de ofrecerles un espacio. Conozco a un trovador que hace canciones muy críticas sobre la situación cubana, pero cuando ha estado en vivo ante cámaras y micrófonos en la Tribuna Antiimperialista canta algo contra la guerra de Irak o a favor de la justa lucha del pueblo palestino.

Tengo muchos amigos que trabajan como periodistas en periódicos nacionales. Sé cómo piensan y todo lo que les incomoda. A veces me encuentro con alguno que me pregunta en voz baja si no me percaté del atrevido adjetivo que eligió en su último comentario para referirse a determinada situación. Le digo que no lo leí y entonces me cuenta, como el que narra una proeza, que había logrado deslizar la palabra “insuficiente” para calificar el resultado de la última cosecha de papas. Él cree que ha hecho un uso temerario del espacio que le tienen permitido. No es que él sea una persona cobarde, es que hace sólo unos meses despidieron a un colega al que se le fue la mano.

Una vez que se cuenta con el espacio adecuado se empieza a tener en cuenta el sentido de la oportunidad. No es lo mismo ser el comentarista del Noticiero Nacional de la televisión que ser el entrevistado en un programa que se transmite en un horario de poca audiencia en una emisora de radio de un municipio en el interior del país. Tampoco es lo mismo tomar por la fuerza, pistola en mano, Radio Reloj que tener la oportunidad de usar el micrófono porque un buen amigo o pariente a quien no queremos perjudicar nos haya dado un chance.

Recientemente la artista plástica Sandra Ceballos tuvo la brillante idea de inaugurar una exposición bajo el provocador título de “curadores, go home” cuyo propósito esencial era precisamente abrir de par en par las puertas de su espacio aglutinador a quienes difícilmente serían aceptados por los académicos curadores el arte.

¡Ah, si yo tuviera un espacio!  Y ahí estaba, abierto y democrático como el mar, el salón de la casa particular de Sandra Ceballos.

Pero las instituciones oficiales del Ministerio de Cultura, especialmente el Consejo Nacional de las Artes Plásticas, reaccionaron como reaccionan los reaccionarios. Se levantó una ola de indignación institucional y argumentando que a la inauguración estaban invitadas personas políticamente incorrectas se advirtió a los presumibles participantes que acudir a la muestra sería tomado como un acto de evidente desobediencia.

Dóciles y solícitos, cometedores del pecado original, algunos artistas se apresuraron (el dedo acusador, las ropas desgarradas), a descalificar la herejía.

La dueña del espacio –en todo su derecho- decidió postergar la exposición y finalmente resolvió abrirla sin inauguración, lo que implicaba que el grupo de rock, aquel que nunca encuentra un espacio, no se presentaría. Las muestras más provocadoras se retiraron “para no quemarle el espacio a Sandra” y no pasó más nada.

Un trampolín es un espacio que se usa para lanzarse a la piscina. Un espacio que se alcanza para determinado propósito no puede conservarse a cambio de renunciar al objetivo: Una vez en el trampolín, solo nos queda saltar al agua.

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Reinaldo Escobar


Reinaldo Escobar (1947)
Periodista, nació y vive en Cuba. Se licenció en Periodismo en la Universidad de La Habana (1971) y trabajó para diferentes publicaciones cubanas. Desde 1989 ejerce como Periodista Independiente y sus articulos se pueden encontrar en diferentes publicaciones europeas y en el Portal desde Cuba.

reinaldoescobar@gmail.com

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