Algún día quizás valga la pena analizar con todo detenimiento la enorme responsabilidad que tuvieron Pablo Milanés y Silvio Rodríguez en el sostenimiento emocional de ese fenómeno histórico llamado “la revolución cubana”; sobre todo si tenemos en cuenta la escasez de fundamentos teóricos y la pobreza de los resultados materiales que justificarían la filiación al proceso, por convicción o conveniencia. La innegable relación afectiva, dentro y fuera de Cuba, con la utopía socialista solo puede justificarse con la poesía. Y esa la pusieron ellos.

¿Cuánta gente se montó en un camión hacia el trabajo voluntario tarareando el tema “Supón”? ¿Cuántos dispararon en Angola o Etiopía rememorando “la canción del elegido”, aquel que iba matando canallas con su cañón de futuro? ¿Cuántos otros, estremecidos de nostalgia, desistieron de desertar escuchando “Yolanda” o “El breve espacio en que no estás”?

No es que Pablo y Silvio hayan anunciado que fundarán un partido opositor. No se trata de eso. Un político puede hasta mudarse al bando opuesto; pero un poeta no puede cambiarle una coma a su metáfora. Ni una fuga como la del general Rafael del Pino, ni una deserción como la de Alcibíades Hidalgo, ex viceministro de Relaciones Exteriores, pueden provocar, en los ya desechos corazones de toda una generación, el devastador efecto que ocasiona un grado menos de pasión en la voz del poeta.

Lejos están los tiempos de “La nueva escuela” que la tozuda realidad ha obligado a suprimir. Desde que la nación se quedó colgando de los dólares que traían los turistas, las canciones de letra compleja fueron desplazadas por la música trepidante que inundó las discotecas pagadas en divisas. La sincopada pelvis de una jinetera, enfundada en una licra fosforescente, eclipsó groseramente la sonrisa inteligente de aquella muchacha trovadicta que iba a la cama sin costo alguno.

Casi al mismo tiempo en que dejaron de componerse canciones gloriosas, apareció el esperpento de la Mesa Redonda. Randy Alonso ocupó el puesto de Silvio Rodríguez. A veces hasta les veo cierto parecido físico. Hay que tener paciencia. Estoy seguro de que en la Cuba del futuro Silvio y Pablo podrían seguir llenando teatros y vendiendo discos. Lo que mi fantasía no alcanza a vislumbrar es el tipo de circo en el que podría trabajar Randy, aunque esta misma tarde empezara a desdecirse.

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