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Los cubanos hemos leído con optimismo el discurso de Barack Obama en el Cairo donde se fija más que la posición, la nueva filosofía estadounidense en política internacional.

La tendencia a no estar prisionero del pasado y a fijarse más en lo que nos une que en lo que nos separa, con el objetivo de encontrar un espacio común donde vivir en paz y colaborar, parece ser el centro de gravedad de dicha filosofía.

El presidente norteamericano iluminó con este constructivo modo de pensar conflictos de  punzante actualidad especialmente relacionados con diferencias religiosas o étnicas.

En el tema de la democracia Obama dijo “ninguna nación puede ni debe imponer un sistema de gobierno a una nación” y a continuación detalló los ingredientes básicos de lo que debe ser un gobierno democrático. “Acogeremos a todos los gobiernos electos y pacíficos, siempre que gobiernen respetando a toda su gente”, pero no fue explícito en cómo actuaría su país con aquellos gobiernos que no acoja.

Evidentemente (y como debe ser) Obama traza una política internacional acorde a los intereses de su país, entendiendo que entre esos intereses predomina la existencia de una paz a nivel mundial. Lejos quedaron las preocupaciones que se derivaban de la existencia de un grupo de naciones agrupadas bajo el signo de la ideología marxista leninista. El campo socialista, el Pacto de Varsovia ya no existen y el conflicto entre el sistema capitalista y el sistema comunista, que tantas veces se mostraba como la más antagónica contradicción de todos los tiempos y que solo podía solucionarse con la desaparición de uno de los contendientes, ha dejado de ser una preocupación de primer orden para los Estados Unidos.

El caso de Cuba queda como un remanente de la guerra fría. Aunque aquí ya nadie usa el viejo lenguaje de la dictadura del proletariado, aunque en su discurso por el 50 aniversario de la Revolución Cubana Raúl Castro omitió toda alusión a la ideología marxista y ni siquiera recordó que se pensaba construir el socialismo, lo cierto es que no se ha hecho una pública renuncia a aquellos postulados que confluían en el anhelado propósito de barrer el capitalismo de la faz de la tierra.

El terreno común que pudiera interesarle al gobierno de Cuba compartir con Estados Unidos se reduce a los problemas migratorios, la lucha contra el tráfico de drogas y la colaboración en caso de desastres naturales. El reciente desplante que hizo el gobierno cubano ante la posibilidad de entrar en la OEA demuestra cuán lejos estamos de una integración regional.

Quizás por eso no podremos ponernos el sayo que se exhibió en las pasarelas del Cairo. Porque para el gobierno cubano, que sigue midiendo su relación con el vecino del norte por las diferencias, el ciclo de suspicacia y discordia no muestra indicios de que vaya a terminar, como tampoco hay una sola señal de que se quiera pasar la página de una historia, cuya principal fuente de gloria está en los capítulos de la confrontación. Estamos presos del pasado porque solo eso legitima la permanencia en el poder de nuestros gobernantes.

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