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Ahora que está de moda rememorar lo ocurrido hace medio siglo, quiero desempolvar mi más antigua culpa, que lleva el nombre de Horacio.

Horacio Otaola era el más brillante alumno del colegio Enrique José de Varona en la ciudad de Camagüey. Juntos cursamos la enseñanza primaria hasta 1959. Todavía recuerdo su impecable letra Palmer, su siempre afilado lápiz Mirado2, sus libretas siempre forradas con sobriedad, la rapidez con que invariablemente respondía en Matemáticas o Historia.

El padre de Horacio era propietario de unos aserraderos y muy temprano se percató de cuál sería el rumbo que tomaría el recién triunfante proceso revolucionario. Algo hizo, o algo dijeron que hizo, no lo sé con precisión, que fue a parar a la cárcel por motivos políticos. Sus propiedades fueron confiscadas y la familia perdió el origen de su sustento. Entonces Horacio se puso a trabajar, con solo 13 años, como mensajero en un mercado.

El mercado era privado, si mal no recuerdo era un “Grocery” y estaba en la esquina que hacen las calles San Esteban y San Fernando, muy cerca de mi casa. Todos los días, temprano en la mañana, yo estaba obligado a pasar por ese lugar cuando iba a la escuela y a esa hora ya Horacio estaba allí para llevar los mandados  a los clientes.

Horacio Otaola era mi amigo y la primera persona por la que sentí envidia. Verlo en su nueva situación, despojado de la posibilidad de tener un futuro a la medida de su talento, me hacía sentir mal. Es muy difícil cambiar la envidia por la lástima, pero eso no era lo peor. Sin que entonces me lo pudiera explicar, le negué el saludo a quien había sido mi compañero de aula durante seis años.

Nunca he podido encontrar, en mi siempre abierto arsenal de argumentos, una sola razón que me justifique. Hasta hoy arrastro esa culpa.

Perdóname Horacio.

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