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Cuando ya se acaban los pretextos, la última respuesta que frecuentemente se da para justificar cualquier medida represiva es: “no podemos desarmarnos frente al enemigo”. Como el camarón que es llevado por la corriente por haberse dormido, las revoluciones que se desarman se desarman, es decir, se desmoronan. Esto es una consecuencia directa de la forma en que los revolucionarios se adueñan del poder. Lo que con violencia se conquista necesita de la violencia para mantenerse.

¿Por qué no se puede permitir que cualquiera publique libremente su opinión? ¿Por qué los cubanos no pueden agruparse en partidos, sindicatos u organizaciones independientes de la sociedad civil? ¿Por qué resulta tan complicado permitir el libre movimiento dentro y fuera del país?
Estas preguntas tienen una sola respuesta: Porque eso sería desarmarse.
Pero la realidad puede ser mucho más compleja. Todos hemos visto esa escena tan repetida en las películas de tema gansteril: El malo apunta a la cabeza de la novia del bueno y le exige que suelte la pistola. El bueno coloca su arma en el piso y el malo aprovecha y le dispara. Moraleja: No puedes desarmarte frente al malo.

La pregunta es quién es el malo y quién es el bueno en esta película. ¿Quién está apuntando a la cabeza de la novia?

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