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Ya se ha hecho un lugar común entre la gente civilizada renunciar al ataque personal cuando se debaten ideas, sean éstas científicas, estéticas o políticas. Sin embargo todavía no se trata de una mala costumbre del pasado. Recuerdo una vez durante un evento sobre la crítica de las artes plásticas, en medio de una discusión sobre los valores de una obra defendida y atacada con igual vehemencia por dos expertos, uno de ellos, agotado ya su arsenal de explicaciones, dijo al otro: “Con ese estrabismo que usted padece mejor debería dedicarse al estudio de la música”.

El ataque personal es el recurso elegido por quienes no tienen sólidos argumentos. En fin de cuentas, descalificar al oponente sacándole algún trapo sucio con la intención de desmoralizarlo, es de alguna forma reconocer que el otro tiene la razón. Cuántas veces hemos escuchado aquello de “Esa persona no tiene moral para hablar de tal tema porque tiene tal o mas cual defecto” ¿No sería mejor dedicarse a demostrar que la tesis expuesta carece de fundamento?

Lo más nocivo que genera el uso del ataque personal ocurre cuando se crea un círculo vicioso donde el agredido contraataca. Allí comienza a perfilarse la cultura solariega, ¡chancleta de palo y piso de tierra! El rencor que casi siempre viene de la envidia; la baja pasión que desconoce la mesura y mucho menos la piedad; la impudicia para exagerar, la sordidez para mentir; el sadismo con que el hombre sin virtud pisotea y enfanga la virtud del otro: ¡Calumnia, que algo siempre queda! Al final nadie se acuerda de lo que se estaba discutiendo, pero todos se quedan sospechando del afrentado.

La mejor forma de enfrentar un ataque personal es tener la superioridad de ignorarlo, comportarse como si no se hubiera producido, digo, esa es mi subjetiva impresión personal, porque tengo que confesar que no tengo experiencia en esas lides: Que yo me haya dado cuenta nunca he sido víctima de semejante atropello.

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