Después que Lichi Diego hizo público su Informe contra mi mismo” (1996), fueron muchos los que pusieron su conciencia bajo observación autocrítica pero, como en todo, lo más interesante no era el fenómeno en sí mismo, sino los grados en que se presentaba en una y otra persona.

Los hay, literalmente, con las manos manchadas de sangre, de sangre ajena e inocente; están los que empuñaron (apuntaron y dispararon) sus armas para defender una causa que entonces creyeron merecedora del máximo sacrificio; hubo quien puso su cara, su nombre y su prestigio, y quienes lo ofrendaron todo, el talento, la juventud y las oportunidades doradas, fantaseando una utópica sociedad que imaginaron desbordante de justicia.

Del estado hipnótico cada uno fue despertando en el momento en que le tocó recibir la bofetada donde se anunciaba el fin del juego. Es cierto, hubo gente que de ningún modo se dejó sugestionar (o que fueron abofeteados desde el principio) pero entre ellos no solo estaban los más lúcidos, sino también aquellos que nunca tuvieron una ilusión, como mi amigo Felipe, que desde siempre sabía que los padres eran los Reyes Magos y se pasaba la vida repitiendo aquello de que “unos nacen para joder y otros para ser jodidos.”

Uno solo puede arrepentirse de lo que se siente culpable, nunca de lo que ha sido víctima. La única culpa de la víctima es la de haber sido inocente, la culpa de no haberse dado cuenta, de no haberle dado crédito a lo que se evidenciaba. El asaltado en medio de la noche en un oscuro callejón se arrepiente de su imprudencia, pero la culpa es del asaltante.

Que se arrepientan pues quienes tengan que hacerlo, los otros, protestemos.

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