Aprendí a descubrir a los simuladores después de leer La simulación en la lucha por la vida, aquel formidable ensayo del filósofo argentino José Ingenieros. Corrían los años 60 y llegué a la precipitada convicción que, en la Cuba de esos tiempos, semejantes impostores no eran otra cosa que simples contrarrevolucionarios.

Llevar una máscara durante un tiempo excesivamente prolongado puede traer como consecuencia que la persona se identifique más con ella que con el propio rostro, así que aquellos “irreconciliables enemigos de la revolución”, enmascarados con sus uniformes de milicianos, detrás de una postura extremista, siempre asintiendo y sin dejar de aplaudir llegaron al punto de quebrarse interiormente. El antifaz empezó por comerles la cara y terminó devorándolos totalmente. Se convirtieron.

En muchísimas ocasiones los conversos llegan a esa condición a través de la violencia, basta recordar la época de la inquisición o la forma en que los esclavos africanos asumieron el catolicismo. Quizás sea por eso que muchos conversos suelen llevar bien ocultos los estigmas de su antigua idolatría; simulan una obediencia tal que logran que ésta parezca una auténtica fe; incluso pueden llegar a conformar una aguerrida tropa eficiente y despiadada, pero nunca gozarán de la plena confianza de sus señores,

Esta es la especie que tarde o temprano pasa a la larga lista de los tenidos por traidores. En realidad nunca fueron tan traidores (a sí mismos) como cuando se sumaron sin convicción, por miedo, por una comprensible necesidad de sobrevivir o por puro oportunismo, al impetuoso carro de la revolución. Aquí no incluyo a los ingenuos que se lo creyeron todo, es decir, no me incluyo.

En los tiempos que vivimos, vísperas de tantos cambios, se empieza a vislumbrar cierto corrimiento en el maquillaje, algún que otro deterioro en la vieja máscara de los simuladores. Toca a los ingenuos de hoy la noble tarea de comprenderlos. Habrá hasta que alegrarse de que finalmente vuelvan a ser ellos mismos. Con lo que hemos aprendido en todos estos años, quizás podamos lograr que la simulación deje de ser el pan nuestro de cada día.

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