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Creo que fue en 1961, días antes que nacionalizaran las escuelas privadas, cuando mi amigo Felipe me contó que sus padres lo sacarían de Cuba porque se avecinaba el comunismo y que esa era la peor desgracia que podría ocurrirle al país. Explicó que en ese sistema los niños dejaban de ser hijos de sus padres, que la tierra dejaría de dar frutos, que las vacas (la conversación ocurrió en Camagüey) no darían más leche y que hasta el cepillo de dientes sería colectivo. “Si te quedas aquí, me dijo muy serio, te mandarán a Rusia para lavarte el cerebro, pero de todas formas –advirtió- algún día te vas a dar cuenta de que todo esto es un desastre”.

Dos meses después me fui con mi padre a la campaña de alfabetización, donde logré enseñarle algo a seis campesinos, aprendí a nadar en un río, a montar a caballo y a ordeñar. A mi regreso, ya Felipe no estaba y durante años estuve riéndome de sus premoniciones.

Ya en julio de 1962, cuando cumplí 15 años, inscribí mi nombre en la primera edición de la libreta de racionamiento. Fue para mí, como firmar en el libro de los que estaban dispuestos a apretarse el cinturón con el propósito de acelerar la llegada del futuro.
15 años más tarde, agosto de 1977, nació mi hija, a la que también inscribí en la OFICODA* fue cuando me di cuenta de que el futuro se acercaba lentamente. 30 años más tarde (septiembre de 2007) vino al mundo mi primera nieta. Al leer su nombre en la libreta de racionamiento me acordé de mi amigo Felipe, de la poca razón que tenían sus pueriles argumentos y de la certidumbre de sus advertencias.

OFICODA: Oficina de Control de Distribución de Alimentos. Controla todo el funcionamiento del sistema del mercado racionado.

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